Hace días que paso por delante de su portal. Hace días que la veo salir de distintas formas. De la única forma como es ella. Guapa. Guapísima. Desordenada, confusa, elegante, con el pelo recogido, con el pelo suelto, lacio, loco, rebelde. Con dos coletas, con un vestido de flores, con un peto medio caído, con un traje de chaqueta perfecto, con una camisa azul y con el cuello levantado y una falda azul marino debajo. Con unos vaqueros claros, con unos pantalones pirata, con unos vaqueros rotos con costuras, que destacan, que se hacen notar. Con toda su ropa de Yoox. Los accesorios. Los colores. La fantasía de saber reinventarse a diario. Así, tal como es ella. Sale siempre de ese mismo portal y siempre de manera distinta. Pero he visto algo que es siempre igual: sus ojos, su cara. Arrastran las señales lejanas de un disgusto vivido. Como un sueño precioso interrumpido por una persiana subida con demasiada furia. Como el sonido insistente de un móvil que alguien ha olvidado apagar y que hace sonar otro que se ha equivocado de número o, aún peor, alguien que no tiene nada que decir. Como una alarma hecha saltar por un ladrón torpe que ya ha huido en la noche. Una vida distraída ha golpeado con el codo su felicidad. Y he sido yo. Y no puedo esconderme, no puedo justificarme. Tan sólo puedo esperar hacerme perdonar de algún modo. Ahí está. La veo salir, la veo pasar. Está en su coche. Y por primera vez después de tantos días escondido en la sombra, doy un paso adelante y me cruzo con su mirada. Detengo sus ojos. Los hago míos por un instante. Y por ellos tiernamente turbado, sonrío. Hablo y explico y cuento e intento que no se marchen. Todo con una mirada. Y sus ojos parecen escuchar en silencio, asentir, entender, aceptar eso que espero que estén diciendo los míos. Después, ese silencio hecho de mil palabras, más intenso que nunca, es interrumpido. Gin baja la mirada en busca de algo, de un poco de fuerza, de una sonrisa, de alguna palabra pronunciada en voz alta. Pero no encuentra nada, nada. Entonces vuelve a mirarme y sacude ligeramente la cabeza. Su mejilla hace una pequeña mueca, un esbozo de una media sonrisa, quizá una sombra de posibilidad, como diciendo: «No, aún no, es demasiado pronto.» Al menos eso es lo que yo quiero leer. Y se aleja así, directa hacia donde no me es dado saber, hacia la vida que le espera, quizá hacia un nuevo sueño, seguramente mejor que el que yo le he robado. Y tiene razón. Y se lo merece.

Tengo ganas de ti - moccia (via oskarim)